Desde hace tiempo se sabe que la belleza y la mente viven una estrecha relación que confirma que la piel es el espejo del estado de ánimo mental y emocional. El estrés, la depresión o la ansiedad se encargan de aumentar o disminuir la belleza.

«Muchas emociones se manifiestan a través de la piel y de pronto palidece, se ruboriza, le salen alergias o se torna gris».

Cuando la gente se siente más atractiva y más segura con su físico, tiende a actuar mejor en todas las áreas de su vida. Hay muchas enfermedades de la epidermis que surgen o se agravan por cuadros psicológicos como el estrés o la depresión. El perfil del paciente con estrés se caracteriza por carecer de la energía y la motivación necesaria para llevar a cabo rutinas adecuadas de cuidado de la piel, entre ellas la hidratación.

Es muy importante que el Médico Estético tenga formación para valorar estos aspectos psicológicos a la hora de tratar adecuada-mente al paciente.

Más allá de la piel

Bajo este aspecto emocional, hay circunstancias ligadas a la depresión, al trauma, a la adicción a la comida, al descontrol de los impulsos, a la desorganización en la forma de vida, que conducen a la obesidad y sobrepeso, así como el estrés puede generar hiperhidrosis, provocar caída de cabello, entre otras.

Cuando un paciente entra en mi consulta, lo examino mientras habla, analizo, observo, desmenuzando que lo ha llevado a mi clínica, desde manejo integral de obesidad, modelado corporal, reducción de grasa localizada, recobrar un aspecto más fresco y natural, lo cual coincide con mi modo de entender la estética.

Al proponerle el tratamiento, nunca es un plan establecido, sino que voy visualizando el modo en que puedo conseguir que recupere la lozanía por zonas, explicando qué material y método utilizaré. Cada tratamiento es una obra de arte, en la que juntos, paciente y yo, acordamos lo que queremos conseguir y un reto personal, es conseguirlo del modo más armónico y natural.

Hoy en día, gran parte de la sociedad piensa que la belleza conduce a la felicidad, sin embargo, la persona que es feliz no estudia la belleza, sencillamente se siente sano y atractivo, además de envejecer más despacio.

Está comprobado que las preocupaciones y el estrés diario se reflejan en la piel, que se deshidrata y se torna más vulnerable ante esas circunstancias, aunque la persona intente cuidarse con cremas y cosméticos.

El descanso diario, el ejercicio moderado y la lectura despejan los pensamientos negativos y los desequilibrios biológicos, de tal manera que la piel mejora y recupera su elasticidad.

Si se trabaja la paz interior y nos aceptamos tal como somos, la belleza será mayor.